Nunca fui capaz de decirte todos los atardeceres que fueron por ti.
Nunca.
Quizá amanecerías en otra sonrisa con colores con mejor magia que los de mis precipicios y sus pestañas.
Que creo que me he terminado por ahogar en tu mar de dudas.
Recuerdo cuando empecé a sumergirme por primera vez, como si mereciera la pena calarse de su sonrisa.
Y créeme que se acabó eso de congelarme sin ser invierno.
Dejándome cada una de las capas de mi piel en ti para que me digas que no te abrigan lo suficiente.
Que se acabaron las mordeduras de corazón, si luego te llevas mi mitad sin retorno.
Que nunca aprendí a vivirte parece ser.
Que fallé una y otra vez en eso que llaman la perfecta ecuación.
Y yo, tan imperfecta.

Tan dada a llevarte la contraria. Tan dada a despeinarte. Tan dada a echarte de más y a quererte de menos.
Tan dada a ser de ti, que nunca fui de mí.-

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